lunes, 21 de mayo de 2012

Hay un chico silencioso que va navegando, obligado a cruzar el río con una mujer odiosa que pela mandarinas y tira las cáscaras contra el viento. Una cáscara le cae en la cara al chico y cuando se la despega, descubre una isla pequeña donde se ve como una especie de hombre pájaro con la espalda arbórea. Cuando logra acercar el barco a la isla, ve primero al árbol y del otro lado al hombre que le nace, está formado de un algo como greda y el viento se le ha llevado un ojo. Al chico le dan ganas de ayudarlo, pero no puede parar allí, no va a salvarlo, el río está caudaloso y el frío aumentará la nausea de la mujer, urgida por atravesar el río, comprar otro kilo de mandarinas y dos o tres manzanas verdes que comerá, ávida de vitamina C, cuando llegue a su casa.
Con todas las luces prendidas, la mujer tomará la fruta nueva con una mano y con la otra ceñirá de nuevo la espátula odontológica de Eugenia, de donde salió esa figura que luego se hizo hombre.


 

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